
Lo que el irlandés vio
Caffè San Marco, Trieste. Una mesa de mármol, un cigarrillo lento, y un escritor que tardó treinta años en saber que lo era.
En 1907, en Trieste,
un comerciante de cuarenta y seis años llamado Aron Ettore Schmitz contrató a un joven irlandés para que le diera clases de inglés. Schmitz era el dueño, junto con su suegro, de una fábrica de pinturas para barcos especializada en una pintura submarina que la marina británica acabaría comprándole por toneladas. Necesitaba el inglés para los negocios. El profesor irlandés tenía veinticinco años, ojos malos, una novia con la que pronto se casaría, y un manuscrito en el cajón. Se llamaba James Joyce.
Las clases se daban en el despacho de Schmitz o, a veces, en cafés. Uno de esos cafés era el San Marco, abierto en 1914 en la Via Battisti, con sus paredes de máscaras pintadas al estilo Liberty y sus mesas de mármol blanco. Pero antes incluso de que el San Marco abriera, Schmitz y Joyce ya habían tenido una conversación que cambió la historia de la literatura europea.
La confesión
Schmitz, en algún momento, le confesó a Joyce que en su juventud había escrito dos novelas. Una vida y Senilidad. Las había publicado bajo seudónimo —Italo Svevo, el "Ítalo Suabo", un nombre que reflejaba sus dos sangres, la italiana de Trieste y la alemana del padre— y las había publicado a su costa. Nadie las había leído. La crítica las había ignorado. Schmitz, humillado, había abandonado la literatura y se había dedicado a la pintura submarina.
Joyce le pidió leerlas. Las leyó. Le dijo a Schmitz que eran obras maestras.
Tres lenguas en una cabeza
Hay que entender quién era Schmitz para entender por qué este episodio importa. Su lengua materna era el alemán —su familia, judía, formaba parte de la burguesía centroeuropea del imperio austrohúngaro—. Su lengua de calle era el triestino, dialecto veneciano de la ciudad-puerto donde había nacido. Su lengua literaria, la que eligió para escribir novelas, era el italiano estándar. Una lengua que dominaba pero que no era del todo suya.
Trieste era ese tipo de ciudad. Bajo dominio austrohúngaro hasta 1918, pasaría a ser italiana, luego ocupada por nazis, luego zona internacional disputada entre Italia y Yugoslavia, finalmente italiana otra vez. Cada generación de escritores triestinos publicaba su libro siguiente sin saber bajo qué bandera lo haría. Esa indeterminación está dentro de Svevo: sus personajes nunca acaban de saber qué piensan, qué quieren, quiénes son. Zeno Cosini, su personaje más famoso, intenta dejar de fumar durante toda una novela y nunca lo consigue. La indecisión es la forma triestina de estar en el mundo.
La conciencia de Zeno
Joyce no se quedó callado. Durante años, después de irse de Trieste, le siguió escribiendo a Svevo, animándolo a volver a escribir. Le mandaba libros, le hablaba de él a otros escritores, le citaba en cartas a amigos del continente. Le insistía.
Tuvo cuatro años de gloria. En 1928 murió en un accidente de coche, cerca de Motta di Livenza. Lo encontraron pidiendo un cigarrillo. Cuando la enfermera le dijo que no podía, Svevo respondió con la última frase de su vida: "Sería el último." Es una frase tan suya que casi parece escrita por Zeno.
En 1923, Svevo publicó La conciencia de Zeno. Tenía sesenta y un años. La pagó otra vez de su bolsillo. Otra vez la crítica italiana la ignoró. Pero esta vez Joyce no se cansaba: le hizo llegar el libro a sus contactos en París. Y en París, en 1925, la revista Le Navire d'Argent le dedicó un número entero a Svevo. Larbaud y Crémieux lo declararon uno de los grandes novelistas del siglo. La fama —tardía, asombrada, casi póstuma— llegó desde Francia hacia atrás, hasta el café donde el viejo Schmitz seguía fumando despacio mirando a la calle.
El café que sobrevivió a todo
El San Marco abrió en 1914, pocos meses antes de que estallara la primera guerra mundial. Cerró durante la guerra. Reabrió. Sobrevivió a la posguerra italiana. Sobrevivió al fascismo —aunque los fascistas, que sospechaban del café como espacio de intelectuales antifascistas, lo presionaron durante años—. Sobrevivió a la ocupación nazi de Trieste, durante la cual muchos de sus habituales judíos —incluida buena parte de la comunidad de la que venía Svevo— fueron deportados y asesinados en Risiera di San Sabba, a las afueras de la ciudad. Sobrevivió a los aliados, a la zona internacional, al regreso a Italia. Sobrevivió a la modernidad. Sigue abierto.
Hoy es todavía lo que era: un café de mármol y máscaras Liberty donde se sientan escritores a escribir. Claudio Magris, otro gran triestino, tiene una mesa habitual al fondo. Estudiantes leen ahí. Viejos juegan al ajedrez. La ciudad sigue siendo una frontera que no termina de saberse a sí misma, y el café sigue siendo el sitio donde esa indeterminación se puede vivir despacio, con un espresso delante.
Para ir
Caffè San Marco Via Cesare Battisti 18, 34125 Trieste Abierto todos los días excepto los lunes
Si vas, pide algo simple. Un espresso. Siéntate cerca de una ventana. Saca un cuaderno. Escribe algo, lo que sea —una nota, una lista, una frase suelta—. Pero hazlo en una lengua que no sea del todo la tuya. En la lengua que estudiaste en el instituto, o en la que hablas con torpeza cuando viajas, o en una que te gusta sin dominar.
Esa es la lección de Svevo: que la mejor literatura a veces no se escribe en tu primera lengua. Se escribe en la lengua que tienes que pensar para hablar, la que te obliga a ir despacio, la que no te deja decir lo primero que se te ocurre. Es la lengua del que no está del todo en casa, en ninguna parte. La de los que escriben desde la frontera. La de los que tardan treinta años en saber qué es lo que llevan dentro, y necesitan que un irlandés joven y miope se lo señale para creerlo.
More stories

De la silla al castillo
Café Slavia, Praga. Una mesa de mármol junto a la ventana, una máquina de escribir, un hombre que veía el castillo sin saber que un día viviría dentro.

A quinientos metros de aquí
A Brasileira, Lisboa. Una mesa junto a la ventana, un cuaderno abierto, un hombre que firmaba con nombres ajenos.

La partida sigue ahí
Café Central, Viena. Una mesa de mármol, un tablero, un nombre que la historia tardó en pronunciar.
En 1907, en Trieste,
un comerciante de cuarenta y seis años llamado Aron Ettore Schmitz contrató a un joven irlandés para que le diera clases de inglés. Schmitz era el dueño, junto con su suegro, de una fábrica de pinturas para barcos especializada en una pintura submarina que la marina británica acabaría comprándole por toneladas. Necesitaba el inglés para los negocios. El profesor irlandés tenía veinticinco años, ojos malos, una novia con la que pronto se casaría, y un manuscrito en el cajón. Se llamaba James Joyce.
Las clases se daban en el despacho de Schmitz o, a veces, en cafés. Uno de esos cafés era el San Marco, abierto en 1914 en la Via Battisti, con sus paredes de máscaras pintadas al estilo Liberty y sus mesas de mármol blanco. Pero antes incluso de que el San Marco abriera, Schmitz y Joyce ya habían tenido una conversación que cambió la historia de la literatura europea.
La confesión
Schmitz, en algún momento, le confesó a Joyce que en su juventud había escrito dos novelas. Una vida y Senilidad. Las había publicado bajo seudónimo —Italo Svevo, el "Ítalo Suabo", un nombre que reflejaba sus dos sangres, la italiana de Trieste y la alemana del padre— y las había publicado a su costa. Nadie las había leído. La crítica las había ignorado. Schmitz, humillado, había abandonado la literatura y se había dedicado a la pintura submarina.
Joyce le pidió leerlas. Las leyó. Le dijo a Schmitz que eran obras maestras.
Tres lenguas en una cabeza
Hay que entender quién era Schmitz para entender por qué este episodio importa. Su lengua materna era el alemán —su familia, judía, formaba parte de la burguesía centroeuropea del imperio austrohúngaro—. Su lengua de calle era el triestino, dialecto veneciano de la ciudad-puerto donde había nacido. Su lengua literaria, la que eligió para escribir novelas, era el italiano estándar. Una lengua que dominaba pero que no era del todo suya.
Trieste era ese tipo de ciudad. Bajo dominio austrohúngaro hasta 1918, pasaría a ser italiana, luego ocupada por nazis, luego zona internacional disputada entre Italia y Yugoslavia, finalmente italiana otra vez. Cada generación de escritores triestinos publicaba su libro siguiente sin saber bajo qué bandera lo haría. Esa indeterminación está dentro de Svevo: sus personajes nunca acaban de saber qué piensan, qué quieren, quiénes son. Zeno Cosini, su personaje más famoso, intenta dejar de fumar durante toda una novela y nunca lo consigue. La indecisión es la forma triestina de estar en el mundo.
La conciencia de Zeno
Joyce no se quedó callado. Durante años, después de irse de Trieste, le siguió escribiendo a Svevo, animándolo a volver a escribir. Le mandaba libros, le hablaba de él a otros escritores, le citaba en cartas a amigos del continente. Le insistía.
Tuvo cuatro años de gloria. En 1928 murió en un accidente de coche, cerca de Motta di Livenza. Lo encontraron pidiendo un cigarrillo. Cuando la enfermera le dijo que no podía, Svevo respondió con la última frase de su vida: "Sería el último." Es una frase tan suya que casi parece escrita por Zeno.
En 1923, Svevo publicó La conciencia de Zeno. Tenía sesenta y un años. La pagó otra vez de su bolsillo. Otra vez la crítica italiana la ignoró. Pero esta vez Joyce no se cansaba: le hizo llegar el libro a sus contactos en París. Y en París, en 1925, la revista Le Navire d'Argent le dedicó un número entero a Svevo. Larbaud y Crémieux lo declararon uno de los grandes novelistas del siglo. La fama —tardía, asombrada, casi póstuma— llegó desde Francia hacia atrás, hasta el café donde el viejo Schmitz seguía fumando despacio mirando a la calle.
El café que sobrevivió a todo
El San Marco abrió en 1914, pocos meses antes de que estallara la primera guerra mundial. Cerró durante la guerra. Reabrió. Sobrevivió a la posguerra italiana. Sobrevivió al fascismo —aunque los fascistas, que sospechaban del café como espacio de intelectuales antifascistas, lo presionaron durante años—. Sobrevivió a la ocupación nazi de Trieste, durante la cual muchos de sus habituales judíos —incluida buena parte de la comunidad de la que venía Svevo— fueron deportados y asesinados en Risiera di San Sabba, a las afueras de la ciudad. Sobrevivió a los aliados, a la zona internacional, al regreso a Italia. Sobrevivió a la modernidad. Sigue abierto.
Hoy es todavía lo que era: un café de mármol y máscaras Liberty donde se sientan escritores a escribir. Claudio Magris, otro gran triestino, tiene una mesa habitual al fondo. Estudiantes leen ahí. Viejos juegan al ajedrez. La ciudad sigue siendo una frontera que no termina de saberse a sí misma, y el café sigue siendo el sitio donde esa indeterminación se puede vivir despacio, con un espresso delante.
Para ir
Caffè San Marco Via Cesare Battisti 18, 34125 Trieste Abierto todos los días excepto los lunes
Si vas, pide algo simple. Un espresso. Siéntate cerca de una ventana. Saca un cuaderno. Escribe algo, lo que sea —una nota, una lista, una frase suelta—. Pero hazlo en una lengua que no sea del todo la tuya. En la lengua que estudiaste en el instituto, o en la que hablas con torpeza cuando viajas, o en una que te gusta sin dominar.
Esa es la lección de Svevo: que la mejor literatura a veces no se escribe en tu primera lengua. Se escribe en la lengua que tienes que pensar para hablar, la que te obliga a ir despacio, la que no te deja decir lo primero que se te ocurre. Es la lengua del que no está del todo en casa, en ninguna parte. La de los que escriben desde la frontera. La de los que tardan treinta años en saber qué es lo que llevan dentro, y necesitan que un irlandés joven y miope se lo señale para creerlo.
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